La muerte termina con la vida de aquellos a quienes amamos, pero no le pone un punto final a nuestro amor por ellos (…) Aún conservamos la relación única con aquellos con quienes convivieron. Su muerte no cancela los días en los que caminaron con nosotros. El tiempo que pasamos juntos no se borra de la historia. Aún tenemos recuerdos que podemos compartir con los demás. Aún sentimos la huella que dejaron en nosotros. Aún conservamos el legado de sus vidas y la diferencia que hicieron en nuestra vida personal, familiar y comunitaria.  Mantenemos intacta nuestra capacidad de amar y de sentir el amor de aquellos que han muerto. Cuando nos damos cuenta de estas cosas, podemos empezar a dejar ir lo que hemos perdido (su presencia) y empezar a atesorar lo que aún tenemos de ellos.

Thomas Atting

La pérdida forma parte de la vida. Cuándo pensamos en ella,  lo primero que nos viene a la mente son nuestros seres queridos que ya no están entre nosotros. Sin embargo, la pérdida también afecta a las rupturas amorosas, de amistad o familiares, a las materiales como el trabajo o la situación económica y otras  vitales como las ligadas al desarrollo: pérdida de la infancia, adolescencia o juventud.

Pero que sean parte de la vida y que nos enfrentemos a ellas a lo largo de las diferentes etapas vitales,  no quiere decir que estemos siempre preparados para aceptarlas y menos cuándo llegan de forma repentina y no esperada.

La experiencia del duelo y la pérdida es siempre personal, todos la vivimos de una manera única. Cuando nos vemos superados por esta, se  produce una ruptura de  nuestro equilibrio físico y psíquico. Es en estos momentos cuando la ayuda es necesaria para recuperar el equilibrio. Por ello, hablar sobre la muerte y el dolor inherente a ella  es un paso esencial para prevenir un duelo dificultoso y facilitar el proceso de adaptación a la nueva realidad.

El duelo en la infancia.

Los niños, también atraviesan por momentos de pérdida. Si para nosotros, la pérdida es ya de por sí una situación difícil, para los niños lo es más.

Resulta muy habitual, pensar que estos no deben enterarse de la muerte porque creemos que no están preparados, les va a afectar muy negativamente o no van a comprender lo que les ocurre.

En la mayoría de los casos nos encontramos con niños que han elaborado mal la pérdida y que manifiestan llanto frecuente, rabietas, apatía, alteraciones del sueño, pérdida de interés por actividades agradables etc que dificultan una adecuada adaptación del niño sobre todo si la pérdida implica para él cambios importantes en su rutina.

Por ello, es importante ayudar al niño a atravesar por esta nueva situación, creando el menor impacto posible sobre su bienestar emocional.

En Con Psicología ayudamos a nuestros niños a expresar aquello que les sucede, les crea malestar y que no pueden comprender. No es fácil para ellos saber identificar sus emociones y denominarlas tal y como los adultos lo hacemos. Por eso nuestro objetivo primordial consistirá en crear un ambiente agradable y cómodo para el niño en dónde a través del juego terapéutico o la música puedan expresarse. Así mismo, es importante tener en cuenta aspectos como la culpa o la responsabilidad que el niño pueda atribuirse a la pérdida del ser querido. Sin trabajar este aspecto, el duelo podría estar mal elaborado y generar complicaciones emocionales que pueden extenderse en el tiempo.

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